Biarritz, aquel verano de fuego

Serie: La Bernarda de un Duque Borrascoso

 

    


El mar rugía con la fiereza de los amores apasionados bajo un velo prohibido, y la playa de Biarritz, aquel verano, era un escenario dorado bañado por el sol y el murmullo de las olas.

Blanca caminaba descalza por la orilla, su piel bronceada contrastando con la espuma que besaba sus pies.  

La brisa salada enredaba su cabello mientras caminaba por la playa, el vestido ligero pegándose a su piel aún caliente del sol. Y él estaba ahí, mirándola como si fuera la única mujer sobre la faz de la Tierra.

Juan, su primo.

Siempre había estado presente, desde niña, orbitando su vida como un satélite elegante y distante. Hermano de su cuñada, heredero de una de las casas más antiguas de España, diez años mayor. Pero ese verano Giannis, como le gustaba ser llamado, se mostró diferente.

Fue una noche en particular. Blanca bajó descalza a la arena tras una cena en la villa de unos amigos. Su risa aún flotaba en el aire cuando sintió su presencia a su lado. No supo quién buscó a quién primero. Solo supo que, cuando se miraron, se incendió todo.

Cuando sus miradas se encontraron, algo en él se encendió de forma brutal: sus pupilas se dilataron, revelando un instinto depredador, un impulso salvaje e inmediato que trascendía la razón. 

Era como si, en ese instante, todo su ser se concentrara en ella; cada fibra de su cuerpo vibraba con una intensidad casi mística amplificada por el calor del verano, el aroma salino del mar y la tensión que impregnaba el aire. 

No era mera atracción, era un llamado irresistible que los arrastraba sin remedio. Y Blanca lo sintió también: un flechazo que la marcó de por vida.

El primer beso fue brusco, casi desesperado. Un choque de labios, de piel y de deseo contenido demasiado tiempo. Blanca sintió que se quemaba, que algo más fuerte que ella la arrastraba sin remedio.

Él tenía esposa.

Ella tenía novio.

Nada importó.

Las noches siguientes fueron un torbellino. 

Encuentros furtivos, piel contra piel, manos explorando lo prohibido. 

En la penumbra de las habitaciones del viejo hotel en el centro de Biarritz, entre las sábanas revueltas, se aferraba a Giannis como si en él estuviera su destino. 

Y quizá lo estaba.

Juan nunca había conocido a una mujer como Blancanieves. 

No era solo su belleza, la perfección de su rostro o su silueta. 

Era su energía, su magnetismo innato. 

Entraba en una habitación y la llenaba de luz, de risas, de encanto. 

Todos la miraban, todos querían estar cerca de ella. Y él, que detestaba la fama, que huía de la exposición pública como de un veneno, se sintió atrapado. 

No por la admiración ajena, sino por la necesidad de absorber esa vitalidad como un vampiro hambriento

Ella tenía todo lo que a él le faltaba: espontaneidad, pasión abierta, la capacidad de iluminar sin esfuerzo.

Juan, tan calculador, tan hermético, no pudo evitar querer más, necesitar más, hasta hacerla suya.

Era dueño de una timidez que no le hacía parecer un hombre maduro, ni cercano, ni de este mundo, pero en el fondo estaba encantado, pues junto a ella él dejaba de sentirse un bicho extraño.

Cuando su amor salió a la luz, Blancanieves no se escondió. 

"Es lo más fuerte que me ha pasado en la vida" declaró. 

"Vamos muy en serio". 

Pero no fue fácil. 

La familia, la prensa, los juicios morales. 

Su madre, más pragmática, le lanzó una advertencia que resonaría durante años: 

"Hija, te estás metiendo en un buen lío".

Y tenía razón.

Durante cuatro años, Blanca luchó contra viento y marea por ese matrimonio. 

Esperó pacientemente a que Giannis terminara su divorcio con Beatriz, soportó miradas inquisitivas, titulares escandalosos y susurros a sus espaldas. 

Pero ella no iba a ceder. 

Había apostado todo y estaba dispuesta a ganarlo.

Cuando por fin se casaron, Blanca llevaba cinco meses de embarazo. 

La prensa lo supo, las familias lo supieron. Y su madre, con una mezcla de resignación y sarcasmo, le soltó: 

"Te podrías haber esperado un poquito".

Pero ella no había esperado por nada ni por nadie. Y ahora, al fin, era la esposa del duque de Albaricoque, Giannis Borrascoso. 

Ella, duquesa consorte.

Aquel título que tanto despreciaba—cargado con el peso de un linaje que detestaba casi tanto como a su propio padre—no lo aceptó hasta casarse con ella. 

Solo entonces, lo compartió con Blancanieves sin titubeos, como si en ese acto pudiera transformar su significado. Pero ella, ajena a su verdadera carga, solo vio el honor de llevarlo.

 


LOS AÑOS FELICES


Eran Felices. 

Ya cumplido su sueño de casarse y tener su primer hijo, Blanca estaba pletórica. 

Menos de un año después anuncia su segundo embarazo, ella declara: 

"Estoy casada con un hombre que me vuelve loca y espero mi segundo hijo". 

Pero hay algo que llama la atención. 

En un programa de televisión, un presentador le pregunta: "Blanca, ¿es cierto que estás embarazada de nuevo?" Y ella responde: "¿Cómo puedes saberlo si no lo sabe ni mi marido?".

Había algo desbaratador en el alma de Giannis que Blanca ignoraba, una necesidad de transgredir las normas sociales. Un anhelo de una relación más profunda y libre que no encajaba en el modelo de matrimonio de las revistas de la prensa rosa.
Ansiaba espacio personal, la independencia de viajar solo, incluso mantener habitaciones separadas, algo que no formaba parte del ideal de matrimonio que su esposa representaba. 
 
Gracias a su influencia, Blanca, que nunca se sintió cómoda como modelo, conseguía contratos lucrativos. 

Viajaban por todo el mundo. 

Giannis la animaba a aceptar todo tipo de trabajos, incluso aquellos en los que no se sentía preparada, pero que gracias a sus contactos le eran adjudicados automáticamente. 

Joyas, firmas, hasta barcos. 

Todo lo que ella tocaba se convertía en oro, pero ¿cuánto de su éxito era realmente suyo y cuánto había sido orquestado por él?

En uno de esos viajes a África, donde Blanca protagonizó un extenso reportaje como modelo, Giannis la acompañó. 

Durante una de las entrevistas, la periodista, con una sonrisa inquisitiva, lanzó la pregunta:


—Tu marido parece demasiado serio, ¿no?

 
Blanca, sin perder la compostura, respondió con una elegancia casi automática:


—Tiene la seriedad justa.

Fue una frase perfecta, correcta y snob.

Una respuesta impecable para una mujer que dominaba el arte de la apariencia. 

En realidad, la periodista no hablaba de seriedad, sino de otra cosa. 

De algo más inquietante. 

Algo que si Blanca notaba, jamás lo admitiría.

Blanca notaba ciertos detalles, pero los descartaba con rapidez. 

Las largas noches en que Giannis se quedaba en su despacho con una copa de whisky, las veces en que evitaba las cámaras con más ahínco del habitual, las escapadas en solitario que justificaba con argumentos vagos. 

"No era perfecto, pero ¿quién lo era?" se decía. 

"Es un hombre complicado, pero también apasionado, intenso... y me ama. Eso era lo único que importa".

Además, existía otra verdad latente... él se sentía atraído desde siempre por más de un tipo de mujer, pues sus necesidades de relación no eran simples. La estabilidad monogámica lo asfixiaba en secreto, y aunque adoraba a Blanca, había en él un vacío que ni siquiera su radiante esposa podía llenar. Un vacío que, tarde o temprano, buscaría saciar en las sombras.

Al principio, lo suplía con viajes juntos, eventos sociales y deportivos, acompañando a su bella esposa a todas partes, pero pronto, empezó a sentir la necesidad de viajar solo.

La situación financiera del matrimonio se tensó tras la llegada del segundo hijo. 

Habían solicitado un enorme crédito para reformar el antiguo caserón de caza donde Juan había crecido con su padre, con la intención de convertirlo en un espacio para eventos sociales, bodas y marketing de empresas. 

Sin embargo, los problemas económicos se agravaron cuando Giannis decidió vender parte de los terrenos de la finca, una zona protegida por su interés natural. 

A pesar de las restricciones legales, a través de sus contactos, logró una venta millonaria que pronto se convirtió en un escándalo mediático. 

Durante una década, la prensa no dejó de publicar artículos sobre la dudosa legalidad de aquella transacción.

A la par que este turbio negocio tomaba forma, Giannis ya había buscado a un antiguo amor de juventud: Bernarda Barbacoa.  

Quizás había acudido a ella en busca de refugio. 

Quizás nunca había salido realmente de su vida marital. 

Lo cierto es que, mientras Blanca seguía defendiendo su matrimonio de cara al mundo. 

Él ya había comenzado a desdoblarse en otra historia paralela, una que, con el tiempo, terminaría por arrastrarlo aún más lejos de su esposa.

Con los años, el escándalo dejó huella en Blanca. 

Aquella mujer admirada por su belleza y simpatía comenzó a mostrarse diferente. 

Su rostro perdió el brillo de antaño. 

Su expresión se endureció, su mirada se volvió más fría. 

Su atuendo, antes impecable, reflejaba un descuido inusual. 

La transformación era evidente para todos. 

Nadie sabía si se debía al desgaste del tiempo o a las heridas invisibles que la vida junto a Giannis le había dejado.

Los cambios en Blancanieves no solo eran físicos. 

Poco a poco, se volvió celosa y controladora. 

Las sospechas la atormentaban, aunque no tuviera pruebas concretas. 

Giannis, por su parte, se alejaba cada vez más. 

La dejó a cargo del negocio de eventos, mientras él, gracias al dinero de la venta de los terrenos, se enfocaba por completo en su gran pasión: los caballos de carreras. 

Superar a su padre se convirtió en su obsesión. 

Obsesión que compartía con Bernarda.

Fue ella quien lo convenció de dar un giro distintivo a su cuadra, sugiriendo nombres griegos para los caballos de la prestigiosa Cuadra D.A. 

Ella había estudiado griego clásico en su juventud. 

Juntos idearon la imagen de la cuadra.

Mientras Blanca luchaba por mantener en pie el negocio familiar y una fachada de normalidad, Giannis y Bernarda construían juntos un mundo en el que Blanca de las Nieves ya no tenía cabida.

Consciente de los rumores que rodeaban a su esposo en el hipódromo, su presencia era constante, como queriendo reafirmar su lugar. 

Pero su insistencia no hizo más que incomodar al duque, quien en una ocasión, harto de su vigilancia, le espetó con desdén: 

—¡Pareces mi madre! Déjame respirar, Blanca. ¡Respeta mi trabajo!

El ambiente se cargó de tensión; ambos sabían que la lucha por el control y el poder apenas comenzaba.

El comentario la hirió, pero se mantuvo impasible, como si las palabras de su marido no la afectaran. 

Sin embargo, aquel momento marcó un punto de inflexión. 

El matrimonio que alguna vez fue envidiado por todos, ahora se desmoronaba a la vista de cualquiera que se atreviera a mirar más allá de las apariencias.


"En el hipódromo, mientras los caballos corrían desbocados hacia la meta, Blanca sintió que su propio matrimonio era una carrera perdida antes de llegar a la línea de salida."


 


 

 


 




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